La conversión cuaresmal
en un tiempo de crisis
Párrafos de la Alocución semanal del arzobispo
de Madrid, cardenal Antonio María Rouco Varela:
(....)
Se nos acerca la Cuaresma en un tiempo de crisis. Crisis económica, persistente
y grave como pocas veces en el más próximo y alejado pasado. Los especialistas
nos remiten a la crisis financiera del año 1929. Crisis de nuestra economía con
unas consecuencias dolororísimas para muchas personas y familias. Se pierde el
trabajo; se teme perderlo; se teme al futuro: ¿quién y cómo se garantizarán las
prestaciones para el desempleo, la jubilación, la vejez, la enfermedad…? La inquietud es grande. La dura realidad de
lo que se experimenta cada día en la vida personal, familiar y social avala,
cuando no impone, esa impresión de incertidumbre y tensa preocupación que se advierte en los ambientes más populares y en la
opinión pública.
¿Qué
nos ha fallado? ¿En qué hemos fallado todos? Es indudable que se pueden señalar
con acierto causas de orden técnico: de ciencia y praxis económica,
sociológica, política y jurídica. Esas causas, sin embargo, no lo explican
todo. Las más decisivas hay que buscarlas en el ámbito de las conciencias y en
el uso de la libertad. Son de naturaleza ético-moral y espiritual y tienen que
ver con el ejercicio auténtico, veraz e insobornable de la responsabilidad
personal y colectiva. En el fondo, no se quiere aceptar una concepción y una
consiguiente realización del hombre y de su vida en conformidad con las
exigencias más profundas de su ser y de su destino, en el tiempo y más allá de
él. Benedicto XVI, en su reciente y luminosa Encíclica “Caritas in Veritate” del 29 de junio del pasado año, caracterizaba la
forma de plantearse hoy, en medio de la crisis global de la economía, lo que
podríamos llamar la cuestión social contemporánea, como una crisis o cuestión
antropológica: “la cuestión social se ha convertido radicalmente en una cuestión
antropológica”, dice el Papa (C.V. 75). Es más,
advierte que “se necesitan unos ojos nuevos y un corazón nuevo, que superen la
visión materialista de los acontecimientos humanos y que vislumbren en el
desarrollo ese “algo más” que la técnica no puede ofrecer” (C.V.
77).
Reconocer
esa naturaleza moral y espiritual de las causas últimas de la situación actual
de la sociedad -¡de nuestra sociedad!-, profundamente herida por las secuelas
de la crisis financiera y económica, urge y exige conversión: conversión
personal y conversión social y cultural; de algún modo, conversión política y
jurídica. Conversión de las conciencias a la justicia y a la caridad. Hay que
estar dispuestos, en la vida privada y en la pública, a volver no sólo a “dar
cada uno lo suyo” -lo que le pertenece en términos de puro cálculo de
intereses-, incluso a distribuir cargas y beneficios con una cierta y ponderada
objetividad y a promover justicia social y solidaria -todo ello, imprescindible
para asegurar un mínimum de moralidad en las
relaciones económicas, sociales y políticas- sino que, además, hay que abrirse
a una actitud guiada e impulsada por una virtud cualitativamente superior: la
de la caridad, es decir, la del servicio al prójimo por amor, asumiendo
sacrificios y renuncias en aras del bien común. Hay que buscar, en definitiva, aquel bien —y/o aquellos
bienes— que no se pueden garantizar por ley: la justicia y la bondad de
corazón, la rectitud de conciencia, la superación de los egoísmos personales y
colectivos. Hay que dar a Dios lo que es de Dios para poder dar al hombre lo
que se le debe: los bienes materiales que le pertenecen por justicia -¡por
supuesto!-; pero, sobre todo, el amor, sin el cual a la postre tampoco se es
capaz interiormente de guardar y cumplir imparcialmente las exigencias de la
justicia.
La
Liturgia del Miércoles de Ceniza nos lo recuerda con el elocuente simbolismo de
la imposición de la ceniza: “Acuérdate de que eres polvo y en polvo te has de
convertir”. El significado primero de la fórmula litúrgica es inequívoco. La
muerte física espera al hombre al final de su vida terrena. En el trasfondo de
ese recuerdo inexorable del tener que morir físicamente, se encuentra la
realidad de nuestro quebradizo mundo interior, de esa dificultad, arraigada en
nuestra naturaleza más íntima, vulnerada por las consecuencias del pecado
original, para remontar moral y espiritualmente la tentación del egoísmo, de la
soberbia autosuficiente, del Yo encerrado en sí mismo: en su conveniencia y
placeres, en sus afanes de poder y en la soberbia de la vida. Por ello, en la
misma liturgia de “la ceniza” aparece una segunda fórmula expresada en forma de
exhortación: “convertíos y creed en el Evangelio”. Para salir del abismo de esa
muerte del alma, que tanto condiciona la posibilidad de la victoria definitiva
sobre la muerte del cuerpo, es necesario, como enseña Benedicto XVI en el
Mensaje para la Cuaresma de este año, “un éxodo más profundo que el que Dios
obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí
sola, no tiene el poder de realizar”.
¿Con
quién y cómo se puede alcanzar esa justicia que ha de ser más que la justicia
“a lo humano” qué sólo puede venir de Dios? La respuesta de la fe nos la
actualiza la Iglesia siempre que inicia un nuevo itinerario cuaresmal de
oración, de penitencia y caridad preparándose para la celebración fructuosa de
la Pascua del Señor: con Cristo y por su justicia, que es “la justicia que
viene de la gracia”. La gracia que se alcanza por la oblación de su Carne y de
su Sangre en la Cruz y que brota de su Divino Corazón como de un manantial
inextinguible de amor infinitamente misericordioso. Creer en el Evangelio -¡la
exhortación apremiante del Miércoles de Ceniza!- equivale a convertirse a
Cristo, a abrazarse a su Cruz, a vivir esa maravillosa y desbordante justicia
de Cristo Crucificado en todos los ámbitos de la propia existencia: ¡rendirse a
su amor y no rebelarse contra Él!
Éste
es el camino espiritual de la Cuaresma, el que hemos de recorrer siempre de
nuevo los hijos e hijas de la Iglesia, sobria y humildemente, no para que nos
vean los hombres sino para que nos vea el Padre que está en los cielos. En esta
Cuaresma dolorida por los sufrimientos y carencias causadas por la crisis
social y económica en tantas personas y familias conocidas y desconocidas -pero
todas, queridas- la habitual invitación a la conversión adquiere una evidente y
urgente gravedad: ¡no hay tiempo que perder en la vuelta a la Ley y a la Gracia
de Dios que se nos hace próxima, accesible y amable en Jesucristo Crucificado y
Resucitado, el Salvador y Redentor del hombre, en su Palabra y en sus
Sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía! Vuelta, a la que se llega
pronto por la vía de la oración sincera y suplicante y del dolor del corazón
convertido que se abre a la esperanza.
(...)
Sólo
“el amor de Dios nos invita a salir de lo que es limitado y no definitivo, nos
da valor para trabajar y seguir en busca del bien de todos” (C.V. 78).
A
María Santísima, Madre del Señor y Madre nuestra, Virgen de La Almudena,
dirigimos confiados nuestra mirada interior y las súplicas del corazón, para
poder emprender, el próximo Miércoles de Ceniza, el nuevo camino cuaresmal con
la conciencia eclesial y social despierta, tal como nos lo reclaman “los signos
de los tiempos”.
Con
todo afecto y mi bendición,
+ Antonio Mª
Rouco Varela
(de Zenit)